La audaz estafa de una rusa que sedujo a la high society neoyorkina simulando ser una millonaria alemana… ¡y le creyeron!

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Anna Sorokin se presentó en su juicio en Nueva York con prendas de alta costura, como si fuese una pasarela de modas (Foto: Richard Drew/ AP)
Anna Sorokin se presentó en su juicio en Nueva York con prendas de alta costura, como si fuese una pasarela de modas (Foto: Richard Drew/ AP)

“Hay gente que sólo oye lo que quiere oír”
(Antiguo axioma de la política atribuido a Nicoló Maquievelo, 1469-1527)
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Y eso, decirle a altos personajes de la high society neoyorkina lo que querían oír, o tan distraídos como para asentir sin meditar, es lo que le abrió las puertas a Anna Delvey, de 28 años, a embolsillar más de 300 mil dólares fingiendo hasta su nombre.

¿Su verdadero nombre?: Anna Vadimovna Sorokina, nacida el 23 de enero del 91 en Domodedovo, no lejos de Moscú.

Su padre, Vadim, era camionero. Su madre, dueña de una pequeña tienda de autoservicio. Y más tarde, ama de casa.

En 2007, Anna ya en sus 16 años, los Sorokin se mudaron a Colonia, Alemania, ella terminó la escuela secundaria, y pegó el primer salto de la urdimbre que la llevaría a la fortuna… y a la cárcel.

Destino: Londres, escuela de arte Central Saint Martins. Pero sin graduarse…

De retorno en Alemania, fue pasante en una empresa de relaciones públicas, pero pronto un golpe de timón la instaló en otra Meca: París, como pasante de Purple, revista de moda, arte y cultura. Tres palabras que le zumbaban alrededor cono ecos de destino…

Por entonces arrumbó el Sorokin en el desván, y renació en el gran mundo como Anna Delvey.

Cómo, cuándo y porqué –¡pero sobre todo cómo!– aterrizó en el lujoso y exclusivo mundo de la High Big Apple: el mismo que años antes sedujo a Truman Capote, convivió con él, y fue despreciado y desterrado luego de publicar Plegarias Atendidas, páginas en las que desnudó su infinita frivolidad y desprecio por el mundo real…

Anna Sorokin regresa de un receso durante su juicio en la Corte del Estado de Nueva York,(Foto: AP)
Anna Sorokin regresa de un receso durante su juicio en la Corte del Estado de Nueva York,(Foto: AP)

Pues bien. La nueva Anna dejó caer en el centro de esa mesa un cuento chino… ¡y le creyeron!

Se presentó como “una riquísima heredera alemana, dueña de una fortuna de sesenta millones de euros, que por trabas burocráticas no puedo sacar de Alemania“.

Había dicho aquello que esas testas coronadas de dólares querían oír…
Y puso entonces la segunda y tercera velocidad de su motor:

Quiero destinar parte de esa fortuna para crear en Nueva York una gran fundación y club de arte que llevará mi nombre.

¡Como si en los Estados Unidos faltaran fundaciones de arte!
Incluso fue más allá:

–El diseño del club está en manos de Gabriel Andrés Calatrava, hijo del conocido arquitecto español Santiago Calatrava.

Pero el engaño funcionó…

Como en aquel famoso cuento de Mark Twain “El hombre del billete del millón de libras“, que lo mostraba en sitios de alto rango, nadie tenía cambio de semejante suma –eran mediados del siglo XIX, pero nada se le negaba…

Sus blancos predilectos fueron los hoteles cinco estrellas, ¡los bancos!, y el amplio bolsillo de las celebrities, confiadas en que su nuevo fetiche adoptivo lograría importar su baúl de euros…

Con alguna de sus nuevas amigas planeó viajes en aviones privados, alojamientos en hoteles top, comidas en restaurantes de moda, donde invariablemente le rechazaban sus tarjetas de crédito.

Pero, ¿para que estaban sus poderosas acompañantes?
–No te preocupes, querida. Pago yo, y cuando puedas retribuir tu dinero me devolverás lo gastado. ¿Por qué arruinar tan bellos días?

El sketch se repitió una, diez, cien veces.

Con picardía inagotable, Sorokin hizo creer a la alta sociedad de Nueva York que era una acaudalada heredera que esperaba poder sacar su fortuna de Alemania.
Con picardía inagotable, Sorokin hizo creer a la alta sociedad de Nueva York que era una acaudalada heredera que esperaba poder sacar su fortuna de Alemania.

Anna vivía en hoteles de lujo, firmaba cheques sin fondo –a la larga, su Talón de Aquiles– y se vestía en Yves Saint Laurent, Miu Miu, Victoria Beckham….

En noviembre de 2016 le pidió a un banco un crédito por 22 millones de dólares para empezar las obras de su imaginaria fundación y club de arte. Pero el gerente no formaba parte de la troupe ociosa y opulenta que esperaba los 60 millones de euros de su distinguida y nueva amiga.
Se los negó de plano.

Sin embargo, acaso por recomendación del club de socorros mutuos de Anna, accedió a otrogarle… ¡cien mil!, que nunca devolvió.
Pero el hilo empezó a ceder por lo más delgado.

De pronto, cuando todo brillaba bajo una mano de purpurina…, en diciembre de 2017 un hotel la denunció por abandonar su cuarto sin pagar 11.500 dólares.

A partir de esa “minucia”, el tam-tam de la selva financiera neoyorkina revisó la retahíla de deudas –desde aviones privados hasta ropa haute couture, desde suites en lo mejor de Manhattan hasta deudas en restaurantes–, hasta sumar una estafa de casi 400 mil dólares.

De ahí al arresto todo fue rutina.

Le tocó comparecer ante la jueza Diane Kiesel, del Tribunal Supremo de Manhattan, que dijo:
–Estoy impactada por la profundidad del engaño de la acusada. La señorita Sorokin no tenía una gran cantidad de dinero, pero sí una gran capacidad de estafadora. Estaba cegada por el brillo y el glamour de Nueva York. Me sorprende su laberinto de mentiras para mantenerse a flote. Sólo le interesaba la ropa de marca, el champagne, los jets privados, los hoteles boutique, los viajes exóticos, todo lo que se compra con el gran dinero.

La sentencia no tardó: condenada entre cuatro y doce años a cumplir en la cárcel de Rikers Island, donde goza de una celda privada…, muy lejana y distinta de aquel viaje a Marruecos que incluyó el alquiler de una villa de lujo con piscina… ¡y mayordomo privado! a lo largo de seis noches…, que pagó su amiga Rachel Williams porque “Ay, querida, otra vez me rechazaron las tarjetas por ese problema burocrático que no me permite traer mi fortuna. Pagá vos, y en cuanto puedo te lo devuelvo”.

Monto: 62 mil dólares que jamás vería…

La misma Rachel Williams, en una columna para Vanity Fair, escribió: “Ella embrujó a una ciudad donde todo brilla, donde todo lo que uno quiere puede ser comprado. Anna era un hermoso sueño de Nueva York, como una de esas noches que parecían no terminar nunca”.

Pero –genio y figura– Sorokin alias Delvey intentó convertir su paso por el tribunal como parte del gran show que había urdido.

Sorokin fue condenada a entre cuatro y doce años de cárcel.
Sorokin fue condenada a entre cuatro y doce años de cárcel.

Se presentó ataviada con la mejor ropa de las marcas más costosas, como una star de Hollywood…, hasta que la jueza la paró en seco:
–¡Esto no es un desfile de moda!

Y la amonestó por llegar tarde a las sesiones y actuar con arrebatos de diva…
Sin salida, su abogado defensor, Todd Spodek, alegó que “mi cliente nunca tuvo la intención de robar el dinero de nadie. Solamente quiso ganar tiempo para poder poner en marcha un negocio exitoso y así pagar todas sus deudas”.

No hubo caso. El martillo bajó en contra. Cuatro a doce años de cárcel por cargos de hurto mayor, hurto en segundo grado y robo de servicios, y posible deportación a Alemania.

Las últimas palabras de Anna antes de subir al ómnibus con parada final en la prisión de Rikers Island fueron, por lo menos, sorprendentes:

–Te mentiría a ti (mirando a la jueza), a todos los demás, a mí misma, si dijera que me arrepiento de algo. Sólo lamento la manera en que hice ciertas cosas. Mi motivo nunca fue el dinero: ¡tenía hambre de poder! No pido perdón por mis delitos. No soy una buena persona…

Oyó la sentencia, impávida, y clavó una mirada amenazante en la jueza.

Pero en adelante su piel tendrá que olvidar la seda de sus vestidos de alta costura, y acostumbrarse al algo tosco tejido y al corte uniforme de la sencilla ropa naranja de las reclusas.

Sin embargo, su historia no ha terminado. Netflix y HBO parecen decididas a llevar el caso a sus pantallas, y Anna, a escribir sus memorias.

Si aquellos estafados que oyeron lo que querían oír no han escarmentado, es posible que compren el libro de su amiga, “la millonaria heredera alemana”, y vía derechos, acaben por pagarle mucho más de cuanto le robaron.

Y hasta convertirla en una heroína moderna.

Porque como en aquella película de 1963 dirigida por Stanley Kramer, el mundo está loco, loco, loco…