A 80 años de la Noche de los Cristales Rotos: la actualidad y urgencia del mensaje

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La actualidad y urgencia de este mensaje

Nos enteramos por este mismo medio que el pasado 28 de octubre, en un suburbio de una ciudad mediana enclavada en el corazón próspero y seguro de Nueva Inglaterra, Estados Unidos, Rose, una anciana de 97 años, junto con Melvin (88), Sylver (86) y Bernice (84), fueron fríamente asesinados con disparos de arma de fuego.

¿Cuál pudo haber sido el móvil para un ataque tan cruel y cobarde, contra estas personas indefensas? Aunque parezca increíble, fue el odio racial.
Robert Bowers, el perpetrador, resultó ser un personaje abiertamente antisemita y neonazi.

Y su objetivo fue elegido cuidadosamente: el Templo judío Tree of life, en pleno Sabbath, con las resultas ya conocidas públicamente: once muertos, seis heridos, el atentado antisemita más grave en suelo norteamericano.

Me resulta inevitable relacionar este suceso atroz con los eventos que tuvieron lugar hace exactamente 80 años atrás, y que también sembraron la muerte y la destrucción en templos judíos, guiados por el mismo odio antisemita, cuando a lo largo y a lo ancho de Alemania y Austria, en el contexto del Tercer Reich, se desató el pogromo de la Noche de los Cristales.

Lamentablemente, la conmemoración por el octogésimo aniversario de la Kristallnacht nos llega enmcarcado en este contexto trágico, como si aquellos sucesos infaustos de 1938, que se cobraron cientos de vidas en cuestión de horas, hubiesen efectuado un salto en el tiempo y se materializasen, una vez más, en esa pequeña sinagoga en un barrio de Pittsburgh, Pensilvania.

De ahí que, más que nunca, debemos observar el deber de memoria, recreando en términos históricos, lo que fueron aquellos acontecimientos acaecidos entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, conocido como la noche de los cristales rotos, no sólo como homenaje a todas aquellas víctimas, sino también a Rose, Melvin, Sylver y Bernice y las demás víctimas del reciente ataque: podríamos decir que entre uno y otro suceso han cambiado los nombres, el continente y el siglo, pero los móviles de odio, los medios empleados y las consecuencias luctuosas, han sido las mismas.

Los antecedentes de la Kristallnacht

En el marco de una política de Estado emprendida al menos desde 1935, según la cual todos los judíos debían emigrar del territorio del Reich, el 18 de octubre de 1938 Adolf Hitler dio un nuevo paso en su escalada de persecución antisemita al decidir, sin miramientos ni contemplaciones, la expulsión inmediata de varios miles de judíos de origen polaco que habían vivido en Alemania legalmente, en muchos casos durante veinte e incluso treinta años.

Las víctimas fueron obligadas a dejar sus hogares en el transcurso de una noche y sólo se les permitió llevar una valija. Sus posesiones fueron confiscadas como botín por las autoridades nazis, y en cientos de casos, los vecinos de los judíos expulsados completaron el despojo.

Cuatro centenares de judíos fueron aceptados por las autoridades polacas. Pero a los restantes ocho mil que llegaron a la frontera se les negó la entrada y fueron forzados a quedarse allí, en la intemperie, en la estación de Zbaszyn y en unos establos de la zona.

El 3 de noviembre, el joven judío Herschel Grynszpan, de 17 años, residente en París, recibió una carta donde su hermana le relataba las dramáticas vivencias que estaba atravesando junto a sus padres. Así se enteró de que su familia, originaria de Hamburgo, estaba en Zbaszyn.

El día 7, tras comprar un arma de fuego, Grynszpan se dirigió a la embajada alemana y le disparó al funcionario que lo atendió: el tercer secretario Ernst vom Rath. No lo mató en el acto, pero una de las heridas de bala provocó su muerte dos días después.

El atentado tomó estado público inmediatamente. En clara réplica al ataque, al día siguiente se anunció en Berlín la primera represalia colectiva: en un flagrante atentado a la libertad de prensa, con connotaciones claramente raciales y políticas, todos los diarios y revistas judíos dejarían de publicarse de inmediato hasta nuevo aviso (en ese entonces había cuatro diarios judeo-alemanes de circulación nacional).

El desencadenamiento del pogromo de noviembre

En la tarde del 9 de noviembre del ’38, llegaron a Berlín las noticias de la muerte de Vom Rath. El clima de incitación a la venganza contra los judíos estaba latente, en especial entre los dirigentes nazis fanáticos, como Joseph Goebbels o Hermann Göring.

Durante esas tensas horas, Heinrich Himmler, el poderoso líder de las S.S., y encargado de la “cuestión judía”, pronunció un discurso secreto ante sus generales: “En Alemania el judío no será capaz de mantenerse; es sólo cuestión de años […], los obligaremos a salir con una crueldad sin precedentes” (cfr. Friedländer, Saul, El Tercer Reich y los judíos (1933-1939). Los años de la persecución, Barcelona, 2009, Ed. Galaxia Gutenberg, p. 399).

Hitler, quien ya estaba al tanto del fatal desenlace, se encontraba en Múnich en un mitin del partido nacionalsocialista. Goebbels le informó que había disturbios antijudíos en varias ciudades de Alemania y Hitler le dio a entender que debía incentivarlos y dar instrucciones para que la policía no interviniera.

Ese “dejar hacer” frente a una iniciativa venida desde abajo pero que sus seguidores interpretaban que estaba en sintonía con los deseos del Führer, en línea con su pensamiento y con su doctrina, tan típico de su estilo de conducción, fue suficiente para desatar la más cruda violencia, como no se veía en Alemania desde hacía mucho tiempo.

Había comenzado el gran pogromo, la Kristallnacht (Noche de los Cristales).
Más aún: siguiendo a Marlis Steinert, “ahora ya no caben dudas de que Hitler autorizó a Goebbels a armar esa manifestación violenta de antisemitismo” (Hitler y el universo hitleriano, Barcelona, 2004, Ed. B, p. 454).

Los desmanes, en verdad, ya habían comenzado en algunas ciudades durante la noche del miércoles 9, tras la muerte de Vom Rath aquella misma tarde. Una vez recibida la consigna de Hitler de incentivar el descontento y no interferir, los disturbios fueron intensificándose con el paso de las horas durante esa noche y en la madrugada del jueves: “Berlín fue una de más de mil ciudades, pueblos y villas en toda Alemania donde ocurrieron eventos terribles cuando aún estaba oscuro” (Gilbert, Martin: Kristallnacht. Prelude to Destruction, Nueva York, 2007, Ed. Harper Perennial, p. 30).

La orgía de violencia se prolongó durante la jornada del jueves 10 hasta que, a las 5 en punto de la tarde, llegó la contraorden de Goebbels (por obvia indicación de Hitler) de detener de inmediato las “demostraciones”. La contraorden, según Gilbert, “fue transmitida por radio a cada ciudad y pueblo y la policía y los elementos del partido comenzaron a enviar a los saciados y exhaustos manifestantes a sus casas” (pp. 38-39).

Durante el resto del día, muchísimos edificios de la comunidad judía (sinagogas, casas de rezos, centros comunitarios, etcétera) siguieron consumiéndose bajo las llamas. Gilbert estima que sólo en Viena fueron casi un centenar.

Para Friedländer, “un odio total y abismal parecía la razón de ser de la arremetida. El único objetivo inmediato era hacer daño a los judíos, tanto como permitieran las circunstancias y por todos los medios posibles: infligirles daño y humillarlos”: una suerte de “degradación ritual” y, en muchos sentidos, un punto de inflexión decisivo (ob. cit., p. 379).

Durante este trágico episodio, que marcó para siempre la historia del pueblo judío, fueron asesinadas un centenar de personas y se destruyeron 267 sinagogas y 7.500 negocios, además de numerosos cementerios y viviendas.

Los sucesos posteriores a la Kristallnacht

Prácticamente en forma inmediata, Hitler tomó varias iniciativas tendientes a señalar como responsables de los desmanes a las propias víctimas. Mientras Göring disponía que los judíos debían pagar una multa de mil millones de marcos, Himmler ordenaba la detención de padres de familia judíos en todas las ciudades para ser conducidos a los campos de concentración.

Así, hacia el 12 de noviembre, unos 20.000 judíos ya habían sido despachados a Buchenwald, Sachsenhausen y Dachau. La brutalidad a la que fueron sometidos era inaudita, a tal punto que en pocos meses la cifra de muertos ascendió a cinco mil, de los cuales más de la mitad eran judíos austríacos.

Mientras los arrestos y el traslado a los campos se consumaban a la vista de todo el mundo –las imágenes de las columnas de prisioneros ocupaban la primera plana de los diarios de Alemania y Austria–, el 11 de noviembre de 1938 se cumplía el vigésimo aniversario del Armisticio de la Primera Guerra Mundial.

Chaim Weizmann, líder de la Agencia Judía para Palestina, declaraba en Londres: “Mientras millones de personas de todas las naciones celebraban hoy el Armisticio, no hubo paz para los judíos. Hoy abrimos esta sesión a la luz de las sinagogas ardiendo en toda Alemania, y con los gemidos de los asesinados y los gritos de miles de judíos en los campos de concentración” (en Gilbert, ob. cit., p. 141).

Por otra parte, los informes del servicio de inteligencia de las SS daban cuenta de la extendida crítica popular a la violencia y los daños causados durante el pogromo.

En palabras de Ian Kershaw, “la gente tenía miedo a hablar abiertamente, pero las invectivas murmuradas y las palabras de repugnancia por la barbaridad de la acción y la vergüenza y el horror por lo sucedido se observaron inequívocamente en Múnich y las principales ciudades de Alemania”, a tal punto que, en su opinión, “hubo pocas ocasiones, si es que hubo alguna, en las que el Tercer Reich generó una oleada de repulsa tan generalizada como la que fue consecuencia del pogromo de la Noche de los Cristales Rotos” (Hitler, los alemanes y la Solución Final, Madrid, 2009, La Esfera de los Libros, pp. 301-311).

En el mismo sentido, uno de los informes de las SS, en este caso austríaco, revelaba que “el conocimiento de esas violencias en su detalle ha tenido una mala influencia en el ambiente general” (Bensoussan, Georges, Historia de la Shoá, Barcelona, 2005, Ed. Antrophos, p. 35, nota 21).

Algunas críticas no estaban exentas de consideraciones prácticas debido a lo caprichosas que parecían la destrucción de propiedades y las pérdidas causadas a los alemanes y al Estado.

Las Iglesias de ambas confesiones (católica y protestante) no expresaron públicamente su rechazo al pogromo, pero sí lo hicieron algunos miembros aisladamente, como el sacerdote católico Bernhard Lichtenberg, quien rezó en público en Berlín por los judíos perseguidos. Terminaría encarcelado tiempo después.

Todas estas declaraciones y discursos no dejan margen de duda acerca de la continuidad en la política de Estado que regía respecto de la cuestión judía al menos desde 1935 (cuando el tema comenzó a ser objeto de mayor atención tras los primeros años de lucha y consolidación de la dictadura), esto es, el forzamiento a la emigración de todos los judíos.

Consecuencias sobre el destino de los judíos del Reich y luego, de los de toda Europa

Si se examina este aspecto en el transcurso de los años, hasta fines de 1938 y comienzos de 1939, se advierte una creciente presión y articulación, desde todos los ámbitos estatales, para lograr ese objetivo.

Pero está claro que todos los dirigentes importantes de los distintos sectores del régimen dictatorial conocían la determinación de su conductor y por lo tanto sabían en qué dirección había que trabajar.

Lo que variaría de allí en más, a partir del pogromo, sería la metodología empleada para lograr los sucesivos objetivos relacionados con la cuestión judía.

Cabe citar aquí a una de las voces más autorizadas en la materia, el historiador Raul Hilberg: “Los pogromos eran demasiado caros y, en último término, no conseguían nada […]. Cada burócrata, perteneciese o no al partido, se convenció a partir de entonces de que había que tomar medidas sistemáticas contra los judíos […]. A partir de ese momento, la cuestión de los judíos se trataría de modo ‘jurídico’, es decir, de forma ordenada que permitiese la planificación adecuada y profunda de cada medida mediante memorandos, correspondencia y conferencias […]. La burocracia había asumido el poder. [A partir de entonces,] el proceso burocrático de destrucción [fue] el que, paso a paso, condujo finalmente a la aniquilación” (La Destrucción de los Judíos Europeos, Barcelona, 2006, Ed. Akal, p. 64).

En efecto, como sostiene Kershaw, el distanciamiento de la opinión pública nacional “debió de convencer a la cúpula nazi de que era un tipo de táctica que no tenía que volverse a poner nunca en práctica y de que las medidas antijudías debían seguir un curso más ‘racional'” (ob. cit., p. 312).

Fue así como “durante las semanas cruciales de noviembre de 1938 a enero de 1939, las medidas decididas por Hitler, Göring y sus socios acabaron por completo con cualquier resto de vida judía y con toda esperanza para la vida de los judíos en Alemania” (Friedländer, cit., p. 399).

Con la invasión a Polonia en septiembre del año siguiente, y el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial, la política de emigración fue rápidamente descartada. Tras explorar algunas alternativas (cfr. Rafecas, Daniel Historia de la Solución Final, Buenos Aires, 2012, Siglo XXI, caps. II y III), finalmente, a fines de 1941, la Humanidad vería el advenimiento de la página más negra de la historia de la Modernidad: el desencadenamiento de la Solución Final de la cuestión judía en Europa, implementada en complejos de cámaras de gas y hornos crematorios, con epicentro en un campo que se convirtió en símbolo universal del Mal absoluto: Auschwitz-Birkenau.

*Juez Federal. Doctor en Derecho Penal y Docente Universitario (UBA). Autor de “Historia de la Solución Final”, Siglo XXI Editores, Bs. As., 2012.